Sobre las personas que nos juntamos. Nos queremos. Yo estaba en un lugar extraño. Una fábrica de ladrillos. Y delante un pequeño estanque. Las gaviotas pasában volando por encima de mi cabeza y yo tenía miedo de que me cagaran encima. Un chico que cruzaba el puente se tocaba la cabeza. La víctima no era yo. Y hoy en Madrid leía a Sándor Márai en la línea uno. Las parejas nos juntamos para distinguirnos. Dos seres humanos que se juntan para buscar el detalle, lo que nos separa de la existencia común de todos los seres humanos, que somos asquerosamente iguales. Y me he acordado de ese momento. Yo esperaba a que ella saliera de clase. Y eran sólo dos horas. Dos horas para buscar el detalle. Si ese detalle me abandona, lo buscaré en otra persona, pero tardaré mucho tiempo. Tiempo infinito para buscar el detalle. El detalle que nos distingue de otros seres humanos que son iguales que nosotros. Somos una pareja para encontrar la diferencia. El odio, la resignación, el amor. La búsqueda de una diferencia. Hoy mientras leía en el metro pensaba en estas cosas. En lo que significaba dos, y no uno. En lo que he sido siendo uno, en lo que busco siendo dos. El detalle. Esa mínima experiencia, ese momento único. Que puede ser un gorro con plumas, un gorro verde con orejas de tela. Un encontronazo al borde del monumento, un abrazo inusitado, un momento de ilustración personal. Pero es un destalle. Lo que nos distingue. Lo que nos hace únicos. No nosotros mismos, la pareja. Y siempre que he compartido una lucha contra la pareja, he sido menos yo mismo. Y ahora soy yo mismo más que nunca, aunque necesite ayuda para superarlo. Para superar que ese detalle supera la normalidad del estereotipo que llevo construyendo para huir del detalle. Yo entiendo ese detalle, quiero ese detalle. Quiero formar parte del cimiento de ese detalle.
sábado 5 de noviembre de 2011
lunes 29 de agosto de 2011
Sobre por qué no respeto el catolicismo.
Ya han pasado un par de semanas. Ya estamos más tranquilos. Ya he esperado a que se me pasara. El problema es que no se me ha pasado. Sigo intranquilo. Sigo lleno de odio. Lleno de odio porque no siento el amor de Jesús.
He discutido muchas veces con algunos amigos míos sobre el respeto. La mayoría de la gente que me rodea piensa que hay respetar el pensamiento del otro. Que tiene que haber pluralidad. Que caben todas las opiniones, que no podemos insultar, humillar o faltar al respeto a alguien que no piensa como nosotros. Estoy de acuerdo con ellos hasta cierto punto. Yo no creo que haya que insultar, humillar o faltar al respeto a determinadas opiniones. Lo que sí creo es que hay que tratar de ilegalizarlas en nuestra sociedad. O por lo menos, lejos de querer invadir el intocable principio de intimidad, prohibirlas en las instituciones que estén reconocidas por el estado. El catolicismo, la Iglesia Católica, y todos sus seguidores, viven en teoría en un estado de ilegalidad porque pertenecen a una asociación que viola derechos fundamentales, trata de atentar contra la salud y no respeta el principio de igualdad. No podemos dejar que asociaciones así existan en un estado democrático. No podemos permitir que existan asociaciones que discriminen a sus miembros por cuestiones de raza o género. Basándose en la tradición esta gente no permite que las mujeres puedan presidir su propia asociación. Imaginemos una asociación entre cuya constitución se encuentre una norma que excluya a las mujeres de poder presidir la institución. O a los negros. ¿Permitiríamos que esta asociación se constituyera en nuestra sociedad? Ya hubo un problema legal en la constitución con este tema, porque el estado describe en el capítulo de las asociaciones, que se constituirán de manera democrática. Y la democracia no es sólo de hombres. Y la Iglesia Católica es una simple asociación. Es grande, sí. Pero es un asociación. Sus ideas sagradas y sus principios milenarios son para ellos, no para una sociedad democrática moderna. No me importan sus razones para creer que pueden hacer lo que hacen. No me importa que crean que les habla Dios, y que aquello en lo que creen es supremo sobre toda las cosas. Aquí cada uno piensa una cosa. No me importan las razones por las que un nazi piensa que un negro es inferior a un blanco. Seguro que pueden argumentarlo, pero en mi país tú no pones un bar donde por principios no dejas entrar a los negros, ni montas una asociación con un estamento escrito donde quede reflejado que los negros no pueden presidir tu asociación. Parece que esto es más grave. Parece que es más grave decirle a un negro que no tiene los mismos derechos que un blanco. La religión católica no deja a las mujeres tener el mismo derecho que los hombres. Pero eso no nos parece tan grave. Nos parece grave que a una mujer se le ampute el clítoris con un cuchillo, pero no nos parece tan grave que ninguna mujer tenga ni voz ni voto en el Vaticano. Y no porque los hombres las marginen, ni porque los hombres se lo pongan difícil. Porque está escrito. No pueden. ¿Vamos a permitir que esta asociación tenga poder en nuestra sociedad? ¿Vamos a respetarles? Yo no respeto ninguna idea que no respete los derechos humanos. Es la única manera de mantener vivo un estado democrático con igualdad de derechos.
Sustituye la palabra mujer por homosexual y hombre por heterosexual en lo que he dicho antes, y llegamos a la misma conclusión.
Lo que ha pasado en Madrid con la visita de Benedicto XVI es por tanto, en mi criterio, muy grave. No sólo han paralizado una ciudad entera durante una semana sin pedirnos permiso. No era una decisión de los madrileños, no venía a vernos a nosotros (eso ha quedado muy claro gracias a las banderas). ¿Por qué nos invaden sin pedirnos permiso? No sólo se ha derrochado mucha cantidad de dinero público en una asociación privada. Lo más grave, lo peor, es que se ha acogido con los brazos abiertos y una cobertura institucional completa (Casa real, gobierno autonómico y central) a una asociación que viola nuestros derechos fundamentales como estado democrático. Si ya llevan toda la vida acogidos en nuestra sociedad, dando clase en colegios públicos y recibiendo sueldos del estado, lo de la visita del Papa ya ha sido como una fiesta de esa violación. Gritan, piden a la sociedad con sus cánticos que no usemos condones cuando sabemos, el estado sabe y lo ha sabido en todos sus gobiernos, que el uso de los preservativos es esencial para la salud pública. No es una cuestión ideológica. Es salud público. Si dijeran que nos comiéramos nuestra mierda en la plaza pública, el estado no les dejaría porque atenta a la salud pública. ¿Por qué dejamos que animen a no usar el preservativo? Que piensen lo que quieran en sus casas, en sus iglesias, en sus congregaciones en el monte, en sus campamentos. Que los padres les digan lo que quieran a sus hijos. Que sean libres como yo en el espacio privado pero en ningún caso podemos acogerles en el espacio público.
Cientos de miles de personas han celebrado durante una semana en Madrid la violación de los derechos fundamentales amparados en el derecho a amar y creer en algo que ni si quiera sabemos si existe, pero que les da el derecho de no respetar la ley que juntos, como estado democrático, necesitamos para una vida libre. ¿Respeto? No, ninguno. No respeto la ablación, ni la lapidación, ni que las mujeres no puedan votar. Cuando hablamos de esos temas hay menos respeto en general. Se dice menos eso de “hay que respetar la opinión y las creencias del otro”.¿Soy un dictador? ¿Soy un radical? ¿Soy un comunista? No creo. No lo soy en ningún otro aspecto de mi vida. Simplemente no me puedo creer, no puedo creer que esto esté pasando. No me puedo creer que más de dos mil años después el ciudadano libre siga sufriendo las consecuencias del cristianismo. No me he confundido. He dicho cristianismo. Continuará.
(Cuidado con los papas buenos como Juan Pablo II. También atentan contra nuestros derechos fundamentales)
miércoles 10 de agosto de 2011
Su admiración por la suciedad. Primera parte.
Qué bonito cuando se le ocurrían historias. Historias como la de la chica que susurraba al oído del ciego, o la del hombre que quería ahogarse en el mar y siempre salía a flote. Algunas eran divertidas como la de la mujer que se comía un helado, y luego otro, y luego otro, y luego se congelaba y se convertía en una estatua. Tenía a su lado una mujer de veinti pocos años. Le colgaban las tetas con firmeza. Eran pequeñas. Estaba desnuda. Olía a pocos polvos, a pocos hombres. En su mirada se hacía la interesante. Yo he follado mucho decía en su mirada. Él quería que ella creyera que sí, que había follado mucho. Él quería que ella creyera que cada hombre al que se la había chupado era como un enemigo para él. Que a él le importaba. Cuéntame un cuento, le dijo ella. Cuéntame un cuento. Él tenía sueño, tenía un sueño tremendo. No podía pensar. Había contado antes muchas historias. Historias porno mientras masturbaba a sus amantes, historias de amor mientras amaba, historias de duendes y hadas mientras dormía a sus hijos, historias de la vida misma mientras engañaba a sus mujeres, historias de mierda a sus amigos mientras se emborrachaba. Esta noche no. La del príncipe no. La del gato no. La del negro que se ahogaba en el río tampoco. Cuéntame una historia. Voy a hacerme el dormido, pensó. Ella le meneó, él no se movió. Ella se dio la vuelta. Mejor, que se enfade. Que se joda la niña. Mañana se le pasa.
Pero al día siguiente no se le pasó. Ella ya estaba despierta cuando él abrió los ojos. Se había ido a correr. Le pareció una provocación porque él estaba viejo. Él no podía correr. No hagas gala de tu juventud, haz gala de mi juventud, le decía a ella. Bajó desnudo a la cocina y se sentó a esperarla. Cuando ella llegó de correr sucia él hizo un amago de asaltarla. Ella le miró con esos ojos de alarma exagerada que vienen a decir algo así como ni de coña. Él retrocedió y se fue a regar, todavía desnudo. Ella se duchó y se marchó al campo. Le dijo que se iba a dar un paseo. Él se tumbó al sol y se puso a escuchar la cuarta sinfonía de Schumann. Cuando ella volviera y le viera desnudo, escuchando a Schumann, pensaría que es viejo pero es intelectual, es profundo. Trasciende el deporte, trasciende lo físico, trasciende la vida porque está más cerca de la muerte.
Pero ella no vino a comer y él se sentó en su estudio muy desesperado. No podía llamarla porque no había cobertura fuera, y aunque la hubiera, eso no era digno de un hombre de su edad. Llamar al móvil, no. Él no la quería, no quería quererla. Para él era una más, una de tantas, y sabía que eso es lo que la ataba a ella. Él se sentó a esperar en su estudio. En silencio. No sabía qué música escuchar, no sabía qué libro leer. Deseaba saber de ella como había deseado saber de la vida de su propia hija, o incluso más, porque realmente ahora él no sabía donde estaba su hija y le daba igual. Esperó media hora y se le hizo inmensa, se le hizo eterna, y trató de entender qué había podido separarle de ella, y trató de acordarse de algún detalle. Algún detalle como por ejemplo el cuento. El cuento. Era el cuento. Él no había querido contarle un cuento a ella. Él se había durmido. A él no le había importado que ella se enfadara. Pero qué estúpido. Pero qué hijo de puta. Era culpa suya. Claro que era culpa suya. Ahora era estará follándose a algún cerdo del pueblo como venganza, pues claro que sí, actuando impulsivamente como los jóvenes, como los cerdos, menuda puta. Se levantó de la silla y se volvió a sentar. Se quitó la camisa porque tenía calor y su tripa se acostó sobre sus piernas. Cómo puede chupármela a mí, pensó, cómo puede hacerlo…
De pronto se le pasó el enfado. Se relajó. Miró por la ventana. Ella estaba siendo joven. Estaba pensando en la vida. Estaba aprovechando. Para ella era un momento especial. Estaba teniendo una aventura con un hombre que le sacaba más de treinta años. Estaba lejos de su familia, de sus amigos, nadie sabía donde estaba. Nadie lo hubiera aprobado. Estaba pensando. Era bueno que pensara. La juventud no pensaba. No digas eso, viejo. La juventud piensa, claro que piensa. Están en Sol pensando. Bueno, no están pensando mucho pero están en Sol. Ella no estaba en Sol. ¿Por qué no estaba en Sol? ¿Por estar con él? Él no tenía mucho tiempo. Ella no podía desperdiciar el tiempo que él podía dedicarle. Por lo tanto, le quería, algo le quería, le quería por encima de la revolución. Despacio, no pienses tanto. Actúa.
El remedio era muy sencillo. Cogió una hoja y un boli. Hacía años que no lo hacía con este propósito. Intentó recordar una vieja norma. Nunca introduzcas el cuento. El cuento empieza como la vida misma, sin introducción.
Cuando terminó se sintió con fuerzas. Se sintió vivo. Pasó a limpio el cuento con letra clara y lo dobló una sola vez. Subió al dormitorio y lo escondió.
Ella volvió tarde. Estaba contenta, radiante. Decía que había descubierto un pueblo abandonado. Un pueblo viejo sumergido en la maleza del bosque. Un pueblo pequeño, apenas se mantienen en pie la iglesia y un par de casas. Él le contó la historia de ese pueblo y a ella le gustó. Ella le escuchaba. Se sentaron en el patio y él la observó a ella. Si había llegado hasta ese pueblo es porque había andado mucho. Había querido andar sola, había querido ir sola a algún lado, sentir que podía descubrir algo ella sola. Ella llevaba tres días escuchándole a él, aprendiendo de él. Era perfectamente comprensible. Toda explicación racional se desvanecía en el sudor de su frente, en la suciedad de su pelo, en sus manos duras, en alguna pequeña herida de sus piernas, en la humedad de sus pies que acaba de liberar del calcetín y la bota. Ella estaba sentada con pantalones cortos en la silla, las rodillas bien dobladas, el cuerpo echado hacia delante, con postura de hombre, con postura de mujer cómoda, de mujer libre. Ella le contó alguna que otra peripecia. Un corzo decía que había visto. Bien. Tengo una sorpresa para ti, le dijo él. ¿Una sorpresa? Sí. En la habitación. Me ducho y subimos. No, no te duchas, subimos. No, me ducho que estoy sucia. Si te duchas pierde todo el encanto. Ella suspiró resignada. La suciedad era algo que le ponía a él y no a ella, pero bien, adelante, al fin y al cabo era su propia suciedad. A él le importaba una mierda lo que ella pensase. Era su momento y subieron tal cual.
miércoles 27 de julio de 2011
El tiempo que pasa desde que abre la puerta

Ayer en clase leí un relato de un alumno que empezaba de la siguiente manera.
“En la soledad de la noche pensaba en ella. Un dolor en el pecho. Una angustia. Por primera vez en mi vida pensaba en la sensación de lo que podía ser no tenerla a ella. No tener a alguien. A cualquier persona. Mi visión era muy limitada. Mi estantería manchada por la luz que entraba por la ventana. La luz de la noche, del parque. Una luz a veces blanca, a veces amarilla, depende de cómo la miraras. Y la angustia duraba mucho, como un pie que te aprieta en el pecho. Dudaba si era ansiedad, una patología más fuerte o más seria, y sobre la duda mi angustia se hacía más fuerte. Pero sobre todo una norma, no mirar el teléfono, no mirarla a ella, no mirarla en mis pensamientos, en mis sueños. Y de pronto tenía momentos de lucidez, en los que recobrara la razón y pensaba que en el fondo, tarde o temprano la podía perder, y que esa realidad era más real de lo que quería pensar mi corazón. Me tocaba la polla pensando que a lo mejor, imaginando a otras mujeres, mi ansiedad se calmaba, pero era imposible. Mi ansiedad aumentaba y mi polla no respondía y el único sexo que podía imaginarme era con ella muerta, en la camilla de un forense, sus piernas abiertas y yo encima, castigándome, sobre la propia muerte, muriéndome sobre ella, encaminándome a un orgasmo fatal. No me acuerdo cuando me quedé dormido. Cuando me desperté todo era historia. Una noche cualquiera en mi vida. Una noche atormentado, una noche más. Me juré a mí mismo recurrir a las pastillas de mi padre si esa noche se volvía a repetir, pero sólo me acordé de ellas la noche siguiente, cuando la angustia volvió a coronar mi pecho, cuando mi padre dormía ya en su cuarto, y el hurto de estupefacientes era ya a todas luces una triste misión imposible”.
El relato, claramente, estaba basado en experiencias vitales personales de mi alumno. La imaginación le lleva a uno a imaginar castillos, duendes, árboles mitológicos, tramas detectivescas, terribles asesinatos, o situaciones cómicas imprevisibles. La imaginación es portentosa. Los sentimientos no se imaginan, se sienten, pero el lector necesita imaginación. Mi alumno carecía de ella y se había aprovechado de sentimientos. Sólo de sentimientos. Los sentimientos maquillan las historias, las hacen más bonitas. Son la pintura de una habitación, o los adornos tallados en madera en la puerta de un mueble viejo. Son importantes, pero no se sustentan sin el mueble en sí. El mueble es útil sin ellos, pero ellos sin el mueble sencillamente no existirían. Esto es lo que le dije. Le dije, quiero que me cuentes algo. Le dije, el lenguaje es correcto. Claro que es correcto. El nivel de implicación personal se agradece. Sin ninguna duda buscas que el relato sea único. Pero no me cuentas nada. No me cuentas nada que no hayamos vivido todos. Nadie quiere leer lo que ya ha sentido, lo que ya ha encontrado. A nadie le interesa la paranoia post adolescente, el sentimiento barato, la burla de la madurez. A lo mejor a los que te conocen. A los que te aman, a los que disfrutan de tu amistad. A las niñas adolescentes que quieren follarte, a las mujeres que creen haber encontrado en ti un punto de referencia intelectual. Mujeres porque son mujeres, no porque sean mujeres. Busca en tu imaginación. Y dicho esto me fui a casa. Mi mujer y yo llevábamos casados quince años. Al principio, cuando empezamos juntos, ella creía en mí más que en nadie. Ahora soy su compañero. No cree en mí. Sabe quien soy. No hay ninguna razón para creer en mí. Al principio si ella no estaba por la noche yo me preguntaba dónde estaba, y ella me reprendía mi obsesión, pero jugábamos a eso. Ahora si ella llega más tarde, si ella no llega, que seamos sinceros, no ocurre nunca, yo abro la piernas y me masturbo. Y en el momento en que suena la puerta sé que tengo exactamente veinte segundos para guardarme la polla en el pantalón y rezar para que la erección desaparezca. Veinte segundos en los que, cuando me pasa, que nunca me pasa, recurro siempre a la imagen de mi madre, a sus bragas sucias tendidas en el tendedero, y cuando mi mujer entra de pronto, con suerte la erección ha desaparecido y no tengo que dar explicaciones. No tengo que hacer nada. Dormirme. Sólo con un poco de suerte, un poco de suerte, sólo un poquito de suerte, ella se mete al baño a cagar, y yo sé que en ese tiempo, que dura alrededor de cinco minutos, puedo terminar de masturbarme antes de que llegue.
sábado 2 de julio de 2011
Buenas noches

Cuéntame. Qué pasa.
Nada. Que estoy esperando.
A qué.
Acabo de estornudar. Dos veces.
Y qué.
No sé.
A qué estás esperando.
A que me escriba.
Para qué.
Para nada.
No te vas a sentir mejor.
Ya lo sé.
Y entonces.
No quiero que me escriba.
Ya lo sé.
Es sólo el calor. El viento. Los grillos en el parque. La gente del parque. Tengo las ventanas abiertas. Esta noche no me sirve para nada.
Vete a la cama.
No quiero.
Por qué.
Me divierte mi propia obsesión. Mi propia obsesión no correspondida.
Eso es contraproducente.
Como todo.
Y qué.
Tengo una edad para este tipo de obsesiones.
Para qué tipo de obsesiones.
Para este tipo. La ansiedad me corroe por dentro. Como una enfermedad. Un tipo de esquizofrenia. Motivada por los celos a lo mejor.
Qué celos.
No tengo ningún motivo.
Trátalos. Como si fueras tu propio médico.
No puedo confiar en mí para eso.
Una pregunta. Si te escribe te vas a sentir mejor.
Que va. Lo espero. Lo espero como una respuesta. Estoy solo en Madrid. No hay respuestas.
Una respuesta a qué.
No sé.
Es un paréntesis.
Y qué.
Vívelo como una historia sin final. La historia de una obsesión corta. Una obsesión corta de dos días.
Necesito una cura rápida.
No existe. No piensa en ti.
No está sola.
Aprende a estar solo.
No quiero. El dolor me conmueve. Ojalá tuviera un amigo.
Lo tienes.
No dentro de mí. Sólo fuera. Y me escucha. Y no me entiende. Cada vez hablo peor. Cada vez me entienden peor.
Eso es estar encerrado en uno mismo. No sé si eres capaz de entenderlo. No si ella es capaz de entenderlo. No si se te permite.
Se me permite ir a mear. Cagar solo delante del espejo. Las torturas de otros me producen aún más ansiedad.
Libérate de esa ansiedad.
Hoy no voy a terminar de verla.
El qué.
La película.
Qué película.
Esa peli. La que me recuerda a la mierda en la que estoy metido.
Párala.
Ya la he parado.
No vuelvas al salón.
Tengo que apagar la luz.
Vas a ver la imagen congelada. La imagen de un tipo desesperado. Dando vueltas. Ha tirado del cable del teléfono.
Mi teléfono no tiene cable.
Mejor. Porque no vas a ningún sitio.
Ya lo creo.
Te quedas aquí.
Aquí me quedo.
Disfruta de tu obsesión. Como si fuera parte de la vida. Y no mires el salón desde el baño mientras estás cagando. Es tu salón. No es un sueño. No es otra ciudad. No es otra casa. No es otra vida. No es otro tú.
No necesito que me hables más.
Vale.
Adiós.
Adiós. Si voy al salón a apagar la luz no voy a mirar la tele. Todo me lleva a ella.
Sólo me imagino tu cara de tonto. Tu cara de tonto cuando te diga buenas noches.
domingo 29 de mayo de 2011
Una ducha de agua fría

Extraña sensación al lavarse las manos. Acababa de venir de tirar la basura, el triste paseo de los domingos empapado esta vez por un calor soporífero y cubierto por nubes grises. Tenía las manos calientes. En el espejo del ascensor se había visto despeinado. No se había duchado todavía. Su piel tenía una lámina transparente de grasa. Había estado abrazando a una chica el día antes. Había estado besándola. Le había metido la mano por debajo del pantalón. Sus brazos estaban llenos de eso. Y de repente se le ocurrió mear, y sintió que era debido lavarse las manos después, unas manos que llevaban sufriendo demasiado tiempo, y que las bolsas de basura habían maltratado también a su manera. Metió las manos debajo del grifo y el agua fría las despertó. Aumentó la presión del agua y mojó también los brazos. Se llevó las manos a la cara para sentir el frío también en los ojos y la boca. Se quitó la camiseta y abrazó su propio cuerpo con los brazos empapados en agua fría. Se desnudó y se lanzó a la ducha. Puso el agua muy fría y se metió debajo. Su piel se puso dura y su cabeza se vació de pensamientos durante un segundo. Luego de repente pensó en aeropuertos, pensó en países diferentes. No sabía por qué. Pensó en lugares fríos. Pensó en mujeres frías, en manos frías. Pensó en masturbarse pero era imposible. Estuvo pensando un rato, tratando de recordar si recordaba algún tipo de polvo frío. Le costaba recordar y se mezclaban en su cabeza polvos que en realidad no eran fríos sino que habían sido fallidos o poco satisfactorios. Ese tipo de pensamientos negativos no encontraban asilo en el agua fría y decidió que era hora de cambiar de rumbo. La chica que había besado la noche antes tenía los ojos saltones y el pelo sucio. Pequeña, poco atractiva, pero deseosa de follar como una montaña de piernas peludas. Eso era lo que le había atraído de ella. En cualquier otro momento habría sucumbido. Habría escuchado, habría vuelto. En realidad sabía que lo que le había jodido el polvo era no haber tenido dinero para un taxi. Ese tipo de calentones no sobreviven nunca un autobús nocturno. No puedes caminar con la chica hasta Cibeles, no puedes sentarte con ella en una acera, esperar diez minutos, que llegue el autobús, entrar dentro, esperar a que arranque, y luego los quince minutos hasta tu casa. En total pasan a lo mejor más de cuarenta minutos. Cuarenta minutos en los que piensas. Piensas y la ves. Tienes que verla. Y todo a tu alrededor es un error. La gente a tu alrededor ha bebido demasiado. Un tipo abre una mochila y vomita dentro y te mira increpante. O lo peor, un amigo del barrio, un conocido que ha bebido mucho y tiene ganas de saber de ti porque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vio. Y mientras tanto ella a tu lado. Te mira, te quiere besar. Ya la has besado antes y has querido follar con ella. Pero poco a poco estás dejando de querer follar con ella, y el camino es largo, y sabes que una vez que arranque el autobús estás perdido, que tarde o temprano llegarás a casa con ella y que tendrás que hacer un esfuerzo por volver a recuperar la pasión que había en el bar. Pero tu casa no es un bar. Es peor que cualquier otro sitio. Es la casa de tus padres. Un espacio de intimidad invadido por tu vida, por tu infancia. Cuando algo ocurre en esa casa es porque hay algo más, siempre hay algo más. Todo esto había pensado en el autobús la noche antes, y todo esto recordó en la ducha de agua fría. Tres paradas antes de llegar a su casa había esperado a que saliera el último pasajero y aprovechando su cercanía a la puerta, había saltado fuera del autobús justo cuando se cerraban las puertas y había corrido. Había corrido en dirección contraria. Había corrido hasta que se sentía seguro y se había sentado en un banco. Había recordado una frase de un buen amigo, un buen hombre mucho mayor que él que le había contado con nostalgia como se follaba en su época hippie, todos con todos, con las mujeres abiertas de piernas en los parques, y él las había imaginado como hermosas succionadoras de penes al estilo de las prostitutas de Fellini. Pero eso le había deprimido. Le había deprimido porque estaba seguro de que poco a poco, según se iba haciendo más viejo, iba perdiendo su ambición sexual. Y esa chica de ojos saltones que había dejado sola y perdida en un autobús hacia Valdebernardo, esa chica que probablemente ahora estaría llorando de rabia, esa chica que no tenía su teléfono y que iba a tardar entre pitos y flautas una buena hora en volver a su casa, fracasada, podría haber sido un buen objetivo de diversión aquella noche, y él había huido, había huido de ella de la manera más cobarde. Trató de encontrar consuelo bajo la ducha. Comprensión humana. Revisitó mentalmente el amor líquido y le pareció que era pobre para esta situación.
Se secó y se vistió.
miércoles 25 de mayo de 2011
Carta

Mi señorita, amada mía, donde quiera que estés:
Llevo un rato tumbado en mi cama con bolas de pimienta dando vueltas por mi cabeza y escuchando un contrabajo que cuando entra me mata. Se me ha ocurrido una historia pero he pensado que era demasiado tarde para levantarme y escribirla. Además es inmoral. Además es inmoral porque es la historia de un hombre borracho que va a la playa con su mujer. Su mujer y él ya no se quieren. Me recuerda al sueño que tuve el otro día. El otro día tuve un sueño en el que entrevistabas a la Princesa y al Príncipe en un bar de Vicálvaro. Mi hermano estaba allí y llamaba a mi padre para contárselo. Tu nuera está entrevistando a la Princesa y al Príncipe. A mi me salía mi odio republicano y no hacía ningún esfuerzo por respetar tu trabajo. Creo que en el sueño ya no nos queríamos. Como el borracho que lleva a su mujer a la playa. Ella está enfadada con él porque ha bebido mucho en la comida y ha cogido el coche pero él va despacio. Cuando llegan al mar él para el coche, saca a su mujer y la tumba encima de la arena. Qué haces. Follarte. Él le baja las bragas a ella y le aprieta fuerte con los dedos en el coño. A ella le gusta. Luego se ocupará de la arena. Ella deja que su cabeza toque la arena y él la penetra fuerte. El olor a alcohol de él entra fuerte en la boca de ella. Las olas se escuchan como su respiración y ella las confunde. Él tarda en correrse. Ella se cansa y le empuja. Después camina hacia el mar y pone los pies en el agua. Ella sí se ha corrido. No le importa él. Es un imbécil. Lo que importa es ella y el mar, y todo lo que ella ha vivido. Ella no quiere que él se acerque, y como si tuviera poderes, él no se puede levantar. Ella mira el mar como si hubiera algo, como lo miramos todos. Espuma y arena.
