jueves 18 de septiembre de 2008

TÓPICOS DE LA CONVIVENCIA

Es una noche normal. No ocurre nada. Hay un bol con restos de ensalada encima de la mesa. María Antonia lo mira. Quiere recogerlo pero está cansada. Quiere levantarse de la mesa y quitarlo de ahí porque sabe que ya no debería estar ahí, pero está tremendamente cansada. Su marido no le quita ojo a la televisión. El ambiente está cargado de tópicos. Una mujer casada con un marido normal. Una mujer feliz. Un partido de fútbol. Un machismo consentido a medias que establece que quien tiene que recoger el bol y los platos con los restos de ensalada es María Antonia. Ambos lo saben. Lleva ocurriendo así mucho tiempo. El marido de María Antonia trabaja duro, y aunque María Antonia también, un código consentido por los dos viene a decir que el marido de María Antonia trabaja más duro. El bol no se mueve de la mesa. Si el bol se moviera de la mesa, no ocurriría nada de lo que va a ocurrir. El marido de María Antonia sabe que su mujer está tardando demasiado en quitar los platos, y quiere apoyar los pies encima de la mesa. Está incómodo porque quiere culminar su postura. Quiere acabar con la agonía de tener que tener los pies apoyados en el suelo. Es por eso que le dice a María Antonia, por qué no quitas los platos de la mesa, y María Antonia, casi sin pensarlo y rompiendo fulminantemente no sé cuantas normas inviolables, le responde, por qué no lo quitas tú. Y entonces el marido de María Antonia se cabrea, empuja la mesa con los pies, se levanta, apila todos los platos incluyendo el bol y se lo lleva todo a la cocina murmurando alguna queja. Y María Antonia teme lo que éste repentino cambio de la rutina pueda provocar. El marido de María Antonia vuelve al sofá y se sienta a ver la tele. Pone los pies encima de la mesa y además trae en sus manos una caja de bombones que alguien del trabajo le ha regalado a María Antonia. La abre sin más y empieza a comer los bombones compulsivamente.

¿Qué haces?

Comer.

Pero esos son míos.

No sabía que en esta casa las cosas tuvieran dueño.

Pero esos bombones, comerlos así.

El marido de María Antonia tiene la boca llena de chocolate.

¿Qué pasa?

Me das asco.

¿Te doy asco? Si te doy asco, por qué no te largas de aquí.

¿Quieres que me largue de aquí?

Y el marido dice, a la mierda. Ya somos adultos. Puedo hacer lo que quiera. Y María Antonia se levanta y se marcha a su dormitorio y pega un portazo y enciende la radio cuando se tumba en la cama. Lo que dicen en la radio le parece aún más repugnante que lo que tiene que vivir a estas alturas de su vida y decide darle una segunda oportunidad a la humanidad y volver al salón esperando que su marido haya dejado la caja de bombones. Cuando llega al salón descubre que no sólo no la ha dejado, sino que se la ha comido casi entera, y tiene la camisa manchada de chocolate y un montón de envoltorios desperdigados por el pantalón y el sofá.

Eres un cerdo. Son mis bombones. En todo caso se los iba a dar a tu hijo.

Ya le damos bastante a mi hijo. María Antonia se acerca a quitarle la caja pero su marido la agarra con fuerza. Su marido se la quita fácilmente de las manos y la amenaza con un gesto del brazo sacando además la lengua. Quita, hostias. María Antonia retrocede tres pasos y decide optar por una táctica menos habitual. Quedarse de pie en medio del salón mirando a su marido, a ver si este reacciona y empieza a sentirse mal por lo que está haciendo. El marido la mira y empieza a sentirse mal. Deja de comer. Cierra la caja. No sabe qué hacer pero está furioso. Es entonces cuando coge la caja de metal y se la lanza a María Antonia a la cara. La caja le rompe un cristal de sus gafas incrustando pequeños trozos de cristal en su retina. María Antonia cae llorando al suelo con sangre en la cara. El marido se lanza sobre ella arrepentido por lo que acaba de hacer. Los dos lloran. El marido quiere ver la herida porque es médico. ¿Qué ha pasado? Después de treinta años de matrimonio ¿Por qué ha ocurrido? ¿Alguien sabe por qué? Mi marido me ha tirado una caja de bombones.

lunes 1 de septiembre de 2008

EL HOMBRE DEL AGUA

A lo mejor algunos os habéis cruzado con él. Es uno de esos tipos que van de casa en casa llamando como locos al timbre y gritando ¡El agua! Es uno de esos hombres que si no les abres te deja una tarjeta en la puerta, en la que tienes que anotar los números del contador del agua y luego mandarlos por correo o a través de Internet. Te jode mucho cuando esto pasa, pero también te jode que llame como loco a tu puerta y tenga una prisa tremenda en entrar en las casas de todo el mundo. Y grita, como si fuera un enfermo poseído ¡El agua! Él es uno de estos tipos. A lo mejor alguno le conoce. Se mete en las cocinas de la gente e inspecciona las tuberías. Te sientes un poco intimidado si encuentra tu cocina llena de mierda, pero él está acostumbrado a todo. A todo.

Es un día normal y el hombre del agua visita los pisos de un edificio de algún barrio de la periferia. Va con prisa, como siempre. Hay una abuela que no llega a abrir porque está cagando y que cuando por fin llega y abre la puerta se encuentra con la tarjetita. Tiene prisa. El hombre del agua no puede perder el tiempo. El hombre del agua te odia, es verdad. Es un día normal y cuando termina con el último edificio va a la furgoneta y arranca. Antes de pisar el acelerador mira el reloj y calcula. Se marcha y no vemos la furgoneta. Después de diez minutos callejeando por el barrio llega a otro edificio y aparca enfrente. Se baja del coche, coge una carpeta y el aparato donde apunta el agua y camina hasta el portal. Llama al 3ºC y le abren sin preguntar. Suponemos que es el presidente de la comunidad que le espera. El hombre del agua se mete en el ascensor y sube al tercero. Llama al timbre del C como un poseso y grita ¡El agua! Al cabo de un rato una chica muy atractiva abre la puerta. Va vestida con un albornoz. Vengo a ver el contador. La chica sonríe y asiente. Le deja pasar. El hombre del agua entra en la cocina y se mete debajo del fregadero. Apunta los numeritos y se levanta. La chica se pone en su camino hacia la puerta impidiéndole el paso y el hombre del agua se siente un poco nervioso. ¿Quiere un café? ¿Agua? El hombre del agua dice que quiere un vaso de agua si es tan amable y la chica le dice que espere sentado. La chica coge dos vasos y va a la nevera para sacar una botella de agua. Se sienta en la mesa enfrente del hombre del agua y llena los vasos. Beben. En un principio no se hablan. El hombre del agua bebe agua despacio, sin quitar ojo a la chica. Y se pregunta si está desnuda debajo del albornoz. De pronto la chica se incorpora de la silla para coger un cenicero de un estante y el albornoz se desabrocha maliciosamente con el movimiento, descubriendo los pechos de ella. El hombre del agua siente que no puede más, descubre su virilidad y se abalanza sobre la joven chica, obligándola a quitarse por completo la prenda. La chica grita asustada, intenta forcejear y golpea con fuerza al hombre del agua, que parece que hoy es más fuerte que nunca. La chica llora, le pide que por favor pare, pero el hombre del agua no atienda a razones. Siguen forcejeando, y en los forcejeos, el hombre del agua le toca los pechos y trata de meterle un dedo por el culo. La chica no quiere y de momento aguanta el primer ataque. Con una maniobra inteligente consigue golpear en el estómago al hombre del agua y salir corriendo. La chica corre por el pasillo, pero a la altura del baño, el hombre del agua la agarra de una pierna y la chica cae de bruces al suelo. La golpea varias veces en la cara hasta que la chica, resignada, y llorando como nunca antes han visto llorar a nadie, se resigna y mira ensimismada al techo. El hombre del agua juega con su dedo y se baja los pantalones. La chica llora y le mira pretendiendo que él sienta lástima por ella y la deje marchar. Él sonríe, y dice, yo no soy así. El hombre del agua empieza a violar a la chica que en un momento dado se arrepiente de haberse resignado e intenta meterle un dedo en el ojo. El hombre del agua es más hábil y en seguida la coge del pelo y la golpea contra la pared. El gotelé se queda manchado de sangre. Pero es la sangre de la nariz, del golpe de antes. En menos de un minuto el hombre del agua eyacula, y se tumba al lado de la chica, que aprovecha para inspeccionarse la nariz con la mano. No es nada. El hombre del agua la mira y toca sus cabellos. Están tumbados sobre el parqué. Ella está desnuda. Él tiene los pantalones azules del uniforme bajados hasta las rodillas. Ella le mira y sonríe.
- ¿Lo he hecho bien?
- Los has hecho perfecto. Como nunca.
El hombre del agua se sube los pantalones y coge su cartera. De ella extrae ocho billetes verdes de cien y se los da. Las chica los dobla y los deja guardados dentro de su puño derecho.
- Me voy.
El hombre del agua se levanta y se dirige hacia la puerta. La chica le observa.
- ¿Crees que valgo para esto?
El hombre del agua se gira y la mira.
- ¿Para qué?
- Para ser actriz.
- No lo sé. Tendría que verte desde fuera. Desde dentro eres la mujer de mi vida. Y eso supongo que es más de lo que podría darme cualquier actriz.
La chica sonríe. El hombre del agua también.
- Creo que en el fondo eres muy sensible.
- Sí. Yo también lo creo.
El hombre del agua se va y la chica se limpia la sangre de la nariz con un poco de papel higiénico húmedo.

miércoles 20 de agosto de 2008

(I LOVE YOU) PORGY

Hay palabras que matan. Y lo peor es no saber qué hay al otro lado de la pared, o del cráneo del otro. Pero creo que a veces es importante quitarle un poco de importancia a todo. Yo sé cuál es la única forma de consumir felicidad. Necesito pensar algo así.

Yo sé cómo consumir felicidad. Así empiezan las novelas de los tontos, de los creídos y de otra gentuza que aún no me conoce, y que cuando me conozca, temblará.

Cuando salí del bar pensé que la había encontrado más guapa que nunca. Tenía el pelo negro, aunque apenas tocaba sus hombros. Tenía los ojos grandes, como si me quisiera comer a mí y al resto del mundo. Sólo la fantasía podía fantasear con su olor, con sus ojos, con su mirada. Y el resto de los tópicos silenciosos que recorren asiduamente la mente de los hombres sensibles. Quizá lo más desconcertante de todo era su excentricidad y su forma de ver el mundo, como si fuera una eterna compañera de lo absurdo, de lo irreal. Y yo sé que podían pasar las tardes enteras, y que no perdería color el invierno, ni se borraría con el calor la pasión en verano. La nitidez era imprescindible, y sus ojos se camuflaban bajo dos lentillas que lo veían todo, e incluso el más allá. Donde yo me encontraba, era difícil moverse. Una voz que no era rota pero que mataba el alma como si lo fuera. Y yo no podía hacer nada. Qué podía hacer yo. Cuando salí del bar las explicaciones eran bastante tontas. La sensación tan dulce que parecía de mentira, y mis ganas de mover los dedos ridículas, porque nunca se me han dado bien los adjetivos. Recuerdo cuando era pequeño y escuchaba I love you Porgy en un viejo discman de mis padres. Volvía del colegio y lo escuchaba, y veía el mundo de otra forma. Con el paso de los años, creo que ya no es necesaria la música para ver el mundo de otra forma. Pesan más otras cosas, aunque sean indigestan y nos proporcionen momentos difíciles como este. Que hagan que tenga que escribir un poco más, que no me contente con un párrafo y una foto. Cuando te han desnudado ya estás perdido. Si has perdido tu desnudo te han clavado bien fuerte, hasta dentro. Una puñalada mortal que cantaba Sabina, Aute, y otros tantos que se cagaban en los pantalones cuando hablaban de amor. Y decían eso de puedo ponerme cursi poniéndose cursi. Yo tengo recuerdos de antes. De canciones blandas, que se diluyen en la memoria y que cuando las vuelves a escuchar ya no valen nada. Pero he salido del bar, mejor dicho, he vuelto a salir del bar, y he vuelto a escuchar I love you Porgy, y la suma de ambas sensaciones han hecho que el mundo de otra vuelta, que tiemble, que me resienta, joder. No es día de romanticismos porque se ha estrellado un avión. Pero nosotros, como estamos al margen, gracias a Dios o la suerte, somos libres de perdernos. Y yo soy libre de volver a salir del bar, coger el metro hasta Pacífico en vez de coger el autobús, y recordar hoy, que sí, que gracias a ese bar, yo soy distinto.





lunes 4 de agosto de 2008

PAPÁ

Espera un poco. Aguanta. En cualquier momento. Aguanta. Espera… ¡Ahí! ¿Lo ves? Se para siempre ahí. ¿Te hace daño? No te hace daño ¿verdad? Si te hace daño mueve la cabeza. No te hace daño. Vale. Bien. ¿Le ves? Mueve la cabeza si le ves. Vale. ¿Sabes quién es? Sí, claro que sabes quien es. Ahora quédate quieto. Mírale fijamente y espera un segundo. ¡Ahora! ¿Ves a ese también? ¿Sabes quién es también verdad? Pues venga. Mueve el culo.

Le saca de la habitación del hotel y le arrastra por el pasillo hasta una pequeña puerta que utiliza el servicio, pero son las diez de la noche y él sabe que ningún miembro del personal pasará por las escaleras de emergencia hasta las doce y media. Le arrastra por las escaleras, golpeándole el culo contra los escalones, y también la nuca. El chico no puede decir nada porque está amordazado y además ha decidido que va a soportar el dolor porque es valiente y ha boxeado desde que tenía doce y puede con eso y mucho más. Le saca por un callejón, por detrás, y le mete en la parte de atrás de una furgoneta. Arranca y conduce por varias calles hasta llegar a una autopista. Desde la parte de atrás el chico sólo ve las luces de las farolas golpeando contra el techo, y sólo puede escuchar el suelo de la autopista pasando a toda hostia bajo su espalda. Es una sensación extraña. Después de todo, lo único que puede pensar es que le van a matar. Se salen de la autopista en algún momento y recorren otra carretera. Parece que se paran en un par de semáforos, y después avanzan un poco más y se salen por otra carretera que parece de tierra. Se escucha muy poco de fuera. A lo mejor el ruido de otra autopista que no pasa muy lejos, pero no es seguro. Es de noche y pasan pocos coches. El camino por fin es decididamente de tierra, con un montón de baches. El chico da vueltas hasta que consigue quedarse enganchado en una de las esquinas del maletero. Por fin la furgoneta se para, él se baja y abre las puertas de atrás. El paisaje de Madrid encendido y el cielo naranja inundan los ojos del chico. Están en un descampado. Él saca una mochila, la abre y extrae una pistola. Después desata la cuerda de los pies del chico, le tira de los pies y le saca de la furgoneta. El chico da unos pasos intentando ubicarse. Están en algún sitio en el norte. Él le apunta con la pistola.

No quiero matarte. Pero si te pones a correr te voy a pegar un tiro. Y eso en realidad no afecta mucho a mis planes. ¿Estamos de acuerdo?

El chico asiente con la cabeza. Él le apunta con la pistola y le hace signos para que ande. El chico se pone andar. Caminan por una pequeña colina llena de escombros, y cuando llegan a la cima descubren un descampado gigantesco. Él le dice que se tumbe sobre la tierra y el chico lo hace. Le desata las manos, pero no le quita la mordaza de la boca. Él saca de la mochila unos prismáticos, los mismos de antes, y se los da al chico. A lo lejos hay un coche.

Antes de nada. Reconoces ese coche ¿no?

El chico mira y asiente con la cabeza.

Vale. Coge los prismáticos y mira. No pierdas detalle.

El chico coge los prismáticos y mira. Del coche sale un hombre. Abre la puerta de atrás e invita a salir a un niño de unos siete años, que camina hasta la parte de atrás del coche obligado pero resignado, asqueado como si le fueran a dar un baño. El hombre le da la vuelta, le apoya contra el maletero, le baja los pantalones y empieza a besarle. Le besa el culo y después se baja él los pantalones. El chico se aparta los prismáticos de los ojos.

¿No quieres mirar más? ¿No te quieres masturbar? He pensado que igual va en los genes. Si te quieres masturbar adelante. Tampoco afecta a mis planes.

El chico se da la vuelta, se tumba y mira al cielo naranja.

¿Qué te pasa?

El chico no puede hablar.

Él le quita la mordaza.

Di algo. ¿Qué te pasa?

Pero el chico no puede hablar.

Él se tumba a su lado y mira el cielo naranja.

Bueno, yo. Yo tenía un hijo de catorce años. Casi como tú. Un día fue a una fiesta. Tu padre le metió en una habitación y le violó. Pasó siete años en la cárcel y luego salió porque tenía amigos. Me obsesioné un poco con el tema y cuando salió le seguí la pista. Me di cuenta de que todos los sábados esperaba a que una mujer le entregara un niño a las diez de la noche, en el mismo banco, en el mismo parque. Tu padre cogía al niño y se lo llevaba a un descampado. Allí lo violaba, como acabas de ver. Era siempre el mismo niño. Podría haberlo denunciado, pero ¿para qué? ¿No? Se me ocurrió investigar un poco más porque, como ya te he dicho, estaba un poco obsesionado y me quería divertir. Se me ocurrió investigar y averigüé que la mujer era de hecho la madre del niño. Entonces pensé ¿qué clase de madre…? Y seguí investigando y me di cuenta de que en realidad, tu padre, era el padre de ese niño también. Y entonces ya hice una investigación espectacular y me di cuenta de que existías tú. De que odiabas a tu padre por algún motivo, y de que odiabas que tu hermano pequeño pasara los sábados por la noche y los domingos con tu padre. Que por cierto, en realidad estaba divorciado de tu madre desde hacía unos nueve años. Pero nadie sabía por qué le odiabas tanto. Y como eres un niñato de quince años, nunca te atreviste a decirle a la gente lo que tu padre hacía. No te puedo culpar ¿o sí?

El chaval está un poco afectado.

No sé. Creo que ahora mismo le está violando. Le está metiendo la polla por el culo. Le está jodiendo bien. Y creo que te suena de algo. Me siento un poco mal pero es que mi hijo se suicidó con tu edad y entonces te veo casi como un adulto. Me da cierta licencia. Todo es tan terrible ¿verdad? Es increíble lo inmune que puedes llegar a hacerte a la violencia. A la demacración. Puedes convertirte en un monstruo. ¿Tú crees que ya eres un monstruo?

El chaval abre la boca por primera vez.

Sí.

¡Bien! ¡Lo has dicho! Me alegro. Eres fuerte. Entonces ya no eres tan cobarde. No pasa nada, yo también soy un monstruo. Toma. Cógela. Yo me voy a ir y no me volverás a ver. A partir de ahora, tú mismo.

Nos perdemos como el chaval se decide a levantarse y caminar hasta su padre. Nos da igual. Cuando el chaval llega al coche su hermano ya está tumbado en la parte de atrás, medio dormido. El padre está fumándose un cigarro. Cuando el chaval aparece, al principio su padre no le reconoce. Un par de segundos, a lo mejor un poco más. Después ya sí.

Papá.

lunes 7 de julio de 2008

POR FIN UNA HISTORIA: FALSA ALARMA

Hoy por fin es Navidad. Supongo que hay ideas mejores que otras. Hay ideas que no valen demasiado. Y hay veces que te pones a escribir y no sale nada. La mayoría de las veces ni si quiera merece la pena ponerse a escribir. Esperas a que alguien vuelva a casa, y te cansas de leer. Empiezas a considerar tus proyectos como un imposible, y tu futuro de aquí a una semana es demasiado incierto para tener amigos. No me importa no tener amigos, por eso me bajo a la calle y me siento en un banco y hago la cosa más pedante y superficial que puede hacer el ser humano creador: pensar en el mundo. Mirar a la gente, buscar qué piensan, y razonar. Filosofar, poetizar, meditar. Todo eso es muy triste porque en realidad el escritor es un ser visceral. Si yo no soy visceral, si yo necesito poetizar o filosofar, entonces no debería contar historias. Pero es que cuando estaba en la calle me ha pasado algo increíble. Estaba en el banco filosofando, muerto de frío por la medio nieve que estaba cayendo, cuando de repente un tipo sale de un portal de esos cutres de un edificio cutre de esos que hay en Moratalaz. El tipo está sudando, tiene la cara llena de carbón, y se acerca a mí absolutamente angustiado.

- Necesito ayuda, por favor. Suba a mi casa.

El tipo se vuelve a meter corriendo en el portal, y yo le sigo olvidando un par de conceptos a los que tal vez había llegado y de los que pretendía sacar algo en claro. Le sigo por las escaleras (el edificio no tiene ascensor) hasta el quinto piso, y cuando entro en su casa está todo lleno de humo. Grito, pregunto si hay alguien. El tipo me empuja, me mete de lleno en la cocina y cierra la puerta. Su cara desencajada y mi terror incalculable. Creo que va a matarme, pero no. Se apoya en una de las encimeras y se pone a pensar, a respirar, a recobrar la calma.

- Mi hijo se acaba de prender fuego en el salón.
- ¿Su hijo?

Me mira, lloriqueando. Me da la sensación de que acaba de darse cuenta de lo que eso significa.

- ¿Por qué no llama a los bomberos?
- Mi hijo ha llamado a los bomberos cuatro veces esta semana, y les ha hecho venir para nada, porque eran siempre… falsas alarmas… y hemos pagado las multas, pero he llamado y dicen que ya no quieren venir. Tampoco la policía, ni una ambulancia.
- ¿Y dónde está el fuego?
- En el salón.
- ¿Pero hay mucho fuego?
- Bueno. Todavía no ha salido del salón.
- Vamos, déme un cubo de agua.
- ¿Un cubo de agua?
- Sí. Vamos a apagarlo.

Y el tipo me da un cubo viejo y yo lo lleno de agua. Voy al salón y empiezo a empaparlo todo. El tipo se queda en la cocina en estado de shock y yo en cuestión de cinco viajes con el cubo de agua consigo controlar el fuego que tampoco estaba tan desatado. Hay mucho humo y casi no vemos nada. El tipo viene al salón y nos sentamos en el pasillo a esperar a que el humo se vaya. Yo me quiero ir. Le digo que ya está controlado. Que si me puedo ir.

- No. Quédese, por favor.

Me siento otra vez delante del tipo, en el pasillo. Llaman a la puerta. Serán los vecinos alertados por el humo. Pero yo prefiero no contestar y el tipo tampoco.

- El hijo de puta lo tenía todo planeado. Lo de llamar tantas veces al 112 y eso. Es muy listo ¿sabe?

No respondo.

El humo se va poco a poco. Ninguno de los dos queremos mirar al salón y nos miramos a los ojos. Pasa alrededor de media hora y me pregunto si vamos a estar allí toda la noche o alguno por fin va a tener los cojones de mirar al salón. El tipo es un hombre de unos cuarenta y muchos. Se nota que ha trabajado, pero creo que es inmaduro. Su mandíbula sigue desencajada. Yo soy joven pero creo que sé más que él. Me va a tocar a mí primero. Miro. Su hijo ya no es blanco, ahora es negro como un trozo de bacon que ha pasado demasiado tiempo en la sartén.

- Creo que su hijo está muerto.

El hombre se arma de valor y mira al salón. Durante varios segundos su cara se llena de una expresión brutal de horror y desesperación. Después mete la cabeza entre las rodillas y se pone a llorar. Pasan varios minutos, y de repente, incomprensiblemente, el hombre empieza a descojonarse. Yo me preocupo.

- ¿Se encuentra bien?

El hombre levanta la cabeza de las rodillas y me mira sonriendo como Jack Nicholson en Batman. Las lágrimas se mezclan con el hollín en su rostro y yo me siento como si se fuera a lanzar a mi garganta y me fuera a morder y arrancar la tráquea con los dientes.

- ¿Qué pasa? ¿Se encuentra bien?
- ¿Sabe qué?
- Qué.
- Me parece que me he portado mal este año.
- ¿Por qué?
- Porque esta Navidad, los Reyes me han traído carbón.

Y el tipo rompe en una tremenda carcajada que casi me deja sordo y yo me levanto y salgo corriendo de la casa y le dejo descojonándose.

miércoles 25 de junio de 2008

COMIN´ FROM HELL TO BREAKFAST

Joad dice: Bloguero, fotologuero, te estamos mirando a ti.


(Texto censurado)

“Well I get off there. Sure, I know you´re wettin´ your pants to know what I done. I ain´t a guy to let you down” (…) Joad leaned toward the driver. “Homicide” he said quickly “That´s a big word -- means I killed a guy. Seven years. I´m sprung in four for keepin´my nose clean”. (…) “So long fella. You been a good guy. But look, when you been in stir a little while, you can smell a question comin´ from hell to breakfast. You telegraphed yours the first time you opened your trap. Thanks for the lift”.

(Texto censurado)

miércoles 18 de junio de 2008

TULSA, CIUDAD DE LUCHA



Esta mañana me aburría estudiando, y he estado viendo índices de criminalidad en Estados Unidos. Se miden por número de crímenes cada cien mil habitantes. Hay una página en la que puedes comparar una ciudad con otra. Y luego en la wiki, se encuentra la gran lista de las ciudades más peligrosas del país. La primera, Detroit (Michigan) con 418 asesinatos en 2006. Inevitablemente he estado comparando Tulsa con algunas ciudades. Es la número 27 en la lista de ciudades más peligrosas de Estados Unidos. Para hallar esta lista se hace una media con todos los delitos. Pero comparando Tulsa con otras ciudades, me he dado cuenta de que por índice, se dan llamativamente más violaciones en Tulsa que en otras. Entonces he recurrido a datos objetivos y he hecho mi propia lista. Éstas son las ciudades con más violaciones por cada 100.000 habitantes de todo Estados Unidos.


1. Cleveland (Ohio) 98/100.000

2. Baltimore, (Maryland) 97/100.000
3. Anchorage, (Alaska) 89/100.000
4. Columbus (Ohio) 80/100.000
5. Okland (California) 76/100.000
6. Tulsa (Oklahoma) 74/100.000

Curiosamente, ciudades como Los Angeles o Nueva York se encontrarían muy por debajo en esta lista de índices de violaciones.


Los Angeles (California) 27/100.000
New York. (New York) 13/100.000

En asesinatos, Tulsa no es la puntera, pero no se queda atrás. Por ejemplo comparándola con Nueva York...


Tulsa. 13,7 asesinatos cada 100.000 habitantes.
New York. 7,3 asesinatos cada 100.000 habitantes.

En Tulsa tenemos que estar orgullosos joder. Para ser una ciudad de 300.000 habitantes, tenemos más mierda morbosa enferma cada cien mil que muchas otras que siempre se han creído mejores como Nueva York, Los Angeles, o Chicago.


Si queréis comparar, en plan freak como yo, índices de criminalidad de ciudades norteamericanas... pinchar aqui.